Hace poco un chaval se acercó a mi puesto. No venía a por castañas, venía a tocar música con su instrumento, tal como días antes él y su padre se habían ofrecido. Con mucha tranquilidad y elegancia preparó el área, sacó su instrumento, sus partituras y acondicionó el espacio para su presentación.
Tenía esa mirada brillante de quien acaba de descubrir un mundo nuevo. Antes de irse, mientras le daba su cartucho de castañas —ya sabéis que en mi puesto el arte se paga con calor— me quedé pensando: ¿Cuántos genios estamos perdiendo porque nadie se detiene a decirles: «Oye, lo que haces vale la pena»?
La cultura no es solo un cuadro en el Museo de Navarra con un guardia al lado; también es ese dibujo arrugado en la mochila de un niño, o esa escultura con plastilina de quien apenas aprende a moldear sus pensamientos. Pero tenemos la mala costumbre de pensar que los artistas nacen ya consagrados, olvidando que detrás de cada genio hubo alguien que se «pringó» por ellos.
El talento es una planta
Pensad en Jorge Oteiza. Hoy es nuestro estandarte, el hombre que reinventó el vacío y la piedra. Pero Jorge no salió de la nada. En sus inicios, cuando solo era un joven con ideas que nadie entendía, fueron sus amigos y vecinos quienes le sostuvieron. Hubo gente que creyó en su locura cuando otra parte del mundo le daba la espalda. Navarra hoy es más rica porque unos pocos decidieron que el arte de aquel joven era una prioridad.
Si esos vecinos no se hubieran involucrado, si no hubieran tenido esa sensibilidad, hoy no tendríamos el Museo de Alzuza ni esa identidad que nos hace sentir tan orgullosos. El talento es una planta que solo crece si alguien se molesta en regarla.
Nadie llega a la cima solo
Cuando insisto en que los chavales traigan sus obras al puesto, no lo hago por decorar la madera. Lo hago porque no quiero que San Nicolás sea un corredor de gente gris con prisa. Quiero que sea un lugar de poso: un sitio donde un niño se sienta artista por primera vez. Involucrarse no es dar una lección de historia. Es detenerse a escuchar al músico que toca en la esquina aunque llegues tarde a cenar. Es comprar el fanzine que un joven ha editado con sus ahorros. Es, sencillamente, entender que el arte es el pegamento que evita que Pamplona se convierta en una ciudad dormitorio.
Tu apoyo es el «sí» que un artista necesita para no rendirse. No esperes a que las instituciones pongan una placa. La cultura de verdad sucede cuando tú decides participar:
- Mira con ojos nuevos lo que te rodea.
- Valora el riesgo de quien se atreve a crear algo de la nada.
- Sé el impulso que alguien necesita para seguir adelante.
En la montaña aprendí que nadie llega a la cima solo; siempre hay alguien que te asegura la cuerda. En la cultura, tú eres quien asegura la cuerda. Cada vez que apoyas una expresión artística local, estás evitando que una llama se apague. Y en Navarra sabemos que, cuando nos juntamos alrededor del fuego, somos capaces de aguantar cualquier invierno.
Apoyemos el talento
No dejes que el próximo gran artista de esta tierra pase por delante de ti sin que te des cuenta. Involúcrate, pregunta, emociónate. Haz que este rincón del mundo siga siendo un lugar donde crear todavía tiene sentido.
Nos vemos en la Plaza, con el corazón encendido y la mirada puesta en los que vienen detrás.
Mikel Álvarez.

