Hoy, Día del Padre, quiero dedicar este artículo a mis hijos; especialmente a mi hijo Julen, quien con solo 12 años tuvo que soportar burlas y críticas absurdas de amigos y adultos que lo hacían llegar a casa llorando de forma habitual. Mis otros dos hijos se encontraban fuera: uno estudiando en Estados Unidos y mi hija en Madrid.

A menudo, cuando el humo de las castañas me envuelve aquí en el puesto y la luz de Pamplona se pone de ese gris azulado que tanto nos gusta, me quedo mirando a la gente que pasa. Son muchos los que se acercan con una sonrisa, saludando con ese respeto que uno se gana después de andar por las montañas más altas de cada continente, conocidas como las Siete Cumbres, y de tener 46 años asando castañas. Pero sé muy bien que otros, aunque no digan nada, guardan en la mirada el rastro de historias que nunca fueron ciertas.
Hoy me he sentado a escribir esto no por revancha, que a mi edad eso ya no sirve de nada, sino por una cuestión de higiene del alma. Dicen que se han escrito más de doscientas notas de prensa sobre mí. He visto mi nombre en grandes titulares después de aquel 23 de mayo de 2001 en el Everest —fui el primer vizcaíno en lograrlo— o cuando completé las Siete Cumbres. Siempre entendí ese ruido de los medios como un puente; una forma de contar que un hombre corriente, un castañero de toda la vida, podía tocar el cielo si se empeñaba. Siempre agradecí ese cariño, porque ponía en valor el esfuerzo de quien paga las expediciones con el sudor de la frente y el calor de la castañera.

Sin embargo, hay otra crónica que no salió en los periódicos de papel, pero que corrió como la pólvora por los adoquines del Casco Viejo. Una crónica amarga, hecha de malicia y de mentiras que se quedaron pegadas a mi nombre durante más de quince años. Es curioso cómo somos en esta tierra. Somos nobles, sí, pero a veces el rumor nos pierde. Durante más de una década, me colgaron una historia que no era mía, vinculándome con la que entonces era la autoridad de nuestra ciudad. Se decía y se repetía en las esquinas que teníamos algo oculto.
Lo que nadie vio
Esa calumnia fue una mancha que intentaron tirar sobre mi honor y, lo que es mucho peor, sobre mi familia. Mi hijo venía llorando: «Aita, están hablando de ti, están hablando muy mal». Yo no sabía qué decir; pienso algunas veces que otra persona en mi situación habría pensado en quitarse la vida, porque era media ciudad riéndose, media ciudad hablando en alto, media ciudad intentando machacar a una persona sin ton ni son.
Sin lugar a dudas, aquello no fue una anécdota de bar. Tuvo consecuencias de las que duelen más que una congelación a ocho mil metros. Vi cómo cambiaba el trato de algunas autoridades y sentí el frío de la exclusión en sitios donde antes se me apreciaba. Incluso hubo quien, con una falta de clase que todavía me asombra, venía al puesto no a por castañas, sino a soltar la gracieta o el comentario hiriente, pensando que por estar aquí detrás de un mostrador uno no tiene sangre en las venas. Hubo abusos de poder de los que no se hablaba y miradas de lado que buscaban juzgar lo que no sabían, intentando derribar a alguien que simplemente había llegado alto.
Aún ahora, hace unos pocos meses, se atrevieron a comentar sobre el tema en la red social de un periódico local que publicó una nota sobre la exposición que realicé en la Iglesia de San Nicolás. Preguntaban si en las imágenes aparecería la señora con la que me relacionaban en medio de aquella difamación. Muchos me habéis preguntado por qué no salí a dar un puñetazo en la mesa. La respuesta es simple: por respeto. Por respeto a mis hijos, que son lo más sagrado que tengo y que no tenían por qué aguantar un circo. Por respeto a la paz de mi hogar. La verdad es como las montañas: siempre está ahí, aunque las nubes la tapen un tiempo.
Mientras algunos se inventaban romances de novela, la realidad era muy distinta, mucho más dura de lo que nadie se atrevía a imaginar. Pero decidí que mi sitio no era el de andar señalando culpas ajenas. La montaña me enseñó que, ante la tormenta, lo que hay que hacer es asegurar que todo el equipo esté firme, agachar la cabeza y esperar a que aclare.
Los que se dedicaron a señalarme o a intentar manchar una trayectoria deportiva limpia con chismes de alcantarilla, se olvidaron de una cosa: un hombre que ha aguantado vientos huracanados en el Vinson, en la Antártida; el Denali, en Alaska; y el Everest, en el Himalaya, no se dobla por cuatro voces en una plaza.

La verdad no necesita gritos
A mis 65 años, miro atrás y veo que esas más de 200 notas de prensa positivas son mi trabajo, pero mi silencio ante la mentira es mi carácter. Me quedo con el calor de San Nicolás, con el aroma de la castaña asada, que es lo que me ha dado el prestigio de verdad.
Agradezco de corazón a los que supieron ver más allá del ruido, a los vecinos que, a pesar de lo que oían, seguían viniendo a mi lado de la calle sabiendo que la nobleza de un hombre se mide por lo que hace, no por los cuentos que otros inventan. Siempre agradecí ese cariño de los periodistas, que ha sido un respaldo a mi esfuerzo y trabajo no solo como alpinista, también en mis facetas de charlatán, vendedor de sidra y castañero.

He conquistado las Siete Cumbres, pero la victoria más difícil ha sido mantener la frente alta ante la infamia. Hoy ese capítulo queda cerrado. No hace falta decir más porque la verdad no necesita gritos, solo tiempo. Seguiré aquí, con el fuego encendido, porque al final del día lo único que importa es que, cuando me quito las botas, puedo mirar a mis hijos a los ojos con la paz de haber hecho las cosas como se debe.
La montaña me dio la autoestima, la calle me dio el callo, y el tiempo, que es el que pone a cada uno en su sitio, me ha dado la razón.

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No hace falta decir más porque la verdad no necesita gritos, solo tiempo.
Un abrazo
Anika
Un placer tus reflexiones.
Imposible dejar lejos a los estúpidos.
Salud y abrazos
Mi admiración y cariño.
Que palabras tan profundas … Que placer de haber os conocido 😘😘
Qué placer leerte. Merece ser compartido. Por muchos años y castañas.
No seré la única persona. Cuando te veo, te reconozco por tu puesto de castañas, tu sombrero y tu sonrisa. No por los chismes que ensucian los oídos y que tanto encantan a las mentes básicas. Lo verdadero siempre se distingue del ruido.
Ánimo …k eres un crack con todo…. montaña….Aita… trabajo….lo demuestras.. el tiempo pone en su sitio….pero mientras tú eres Kien lo pasa etc….un saludo…
¡Grande!.
Mi admiración